Triunfo, derrota, o ambas cosas


Desde que somos pequeños se nos enseña a hacer las cosas bien, a trabajar buscando la excelencia, buscando el éxito, la perfección y a intentar ser cada día un poco mejor.

Al menos así me educaron a mí desde que nací. Frases como “las cosas bien hechas Dios las bendice”, “aunque te cueste hazlo y ofrece al Señor ese sacrificio que EL te lo valorará”, o aquella que tanto me repetía mi madre “quien trabaja bien, trabaja solo una vez, el que hace las cosas mal tiene que estar repitiéndolas hasta que las logra, así que por pura pereza es mejor hacer las cosas bien y con diligencia para no empantanarte en algo”, o aquello de “lo que se empieza se acaba”…

Seguro que más de alguna persona que lea hoy mi post se sentirá identificada con algunas de estas frases de madre o incluso harán que afloren durante la lectura otras frases de contenido similar a éstas.

Así que no cabe duda que desde pequeños somos llamados a trabajar para lograr el éxito, a ser buenos estudiantes, a ser buenas personas, buenos amigos, buenos hermanos, buenos hijos, buenos padres y buenos trabajadores. Prácticamente, desde que nacemos empieza la competición, primero son los padres los que comparan entre los bebés de alrededor y se comienza con esos comentarios sobre cuando fue la primera vez que le salió el diente, qué cantidad de biberón se toma, cuántas veces toma la teta, o a qué edad comenzó a andar, también presumimos de peso y talla de los niños, de capacidades extrasensoriales, e incluso de habilidades que serían impensables en un niño que está en fase de desarrollo y que está madurando su sistema motor y su propio organismo.

Tras la etapa de bebés, llega la guardería, la escuela y seguimos comparando, Fulanito tiene mucha habilidad para el baile, y Menganita para el cante, uy pues mi Julito es un máquina modelando con barro, y Pepito marca unos golazos que ni Mezzi a su edad…

Y poco a poco comenzamos a construir una realidad sobre esa nueva persona sin darnos cuenta porque lo mismo ocurrió con nosotros, y con nuestros padres y abuelos. Existe esa línea invisible que si la cruzas eres un triunfador pero si no llegas eres un pobre fracasado, y así nos encontramos con tantas personas frustradas que sienten que no han logrado nada en la vida.

Yo misma, la que os escribe he tenido durante mucho tiempo esa sensación, la sensación de no tener nada de lo que sentirme orgullosa, o la sensación de que a mis años sigo siendo un auténtico desastre.

Pero entonces y gracias a internet, que por mucho que lo critiquemos también ha aportado grandes cosas, leo un cartelito que alguien comparte en redes: “Si valoras a un pez por su capacidad para trepar a un árbol pensarás que es un inútil, pero obsérvale por su capacidad para nadar y respirar debajo del agua, ¿sería el mono capaz de nadar y respirar bajo el agua como el pez?

Entonces caes en la cuenta de que en la vida no todo es blanco ni negro, sino que entre el blanco que es la mezcla de todos los colores, o el negro que es la ausencia de color, hay una gran variedad de grises, y por qué no de colores, amarillos, naranjas, ocres, rojos, rosas, morados, verdes grises, malvas que a su vez se descomponen y se funden para dar lugar a otros colores como el azul azafata, el verde cacería, el rosa higo o el marrón chocolate.

Y ante esa grandeza empiezas a observar que cualquier persona por pequeña y débil que pueda parecernos tiene algo que la hace única y la hace distinta a todas las demás y que en cualquier momento de tu vida puede llegar a darte una gran lección, solo es cuestión de estar en actitud de escucha activa.

Así que de nuevo vuelves a pensar en el título de este post, ¿triunfo o victoria? Pues yo creo que las dos cosas, creo que todos tenemos áreas en las que triunfamos e incluso nos salimos y áreas en las que necesitamos mejorar, y cuánto antes aceptemos eso, menos dramático será para nuestro yo interior aceptar el fracaso cuando llega o asumir el éxito como el resultado de un trabajo bien hecho desde la humildad sin que se nos suba a la cabeza.

Por eso, cuando llegan los momentos bajos, quizás como los que yo he pasado en estos últimos meses, viene genial pararte, dejar de mirar hacia ti misma para lamentarte de lo desgraciada que eres y pensar en esos momentos en los que saboreaste el éxito, en la que lograste el objetivo o llegaste a la meta. ¿Qué te hizo lograrlo entonces y ahora no? ¿Qué actitud tenías cuando enfrentaste esa situación y cuál es la que tienes ahora? ¿Qué habilidades utilizaste en aquel momento, son las mismas que necesitas para esta nueva prueba que la vida te pone por delante?

Y es que muchas veces las respuestas están en nosotros mismos, y lo único que necesitamos es escuchar a nuestro yo interior, tomar aire, aminorar la marcha, reorganizar y volver al campo de juego.

¿Estás de acuerdo?

Tu vacilándome, y yo esperándote


Cantaba el Dúo Dinámico una canción que si no recuerdo mal decía algo así: “Tu vacilándome… Y yo esperándote. Tu sabes cuanta gente hay que va burlándose? Y espera que este amor sin más… vaya apagándose?”

Pues a veces ocurren estas cosas, hay ocasiones en las que las personas aguantan, tragan, siguen aguantando, siguen tragando, pero poco a poco se van desilusionando, desengañando y llega un momento en el que te miras al espejo y no te reconoces, estás tan herida en lo más profundo de tu ser.

Te sientes sin fuerzas, abatida y compruebas como tu autoestima acabó en una de las cunetas del camino que con tanto esfuerzo habías recorrido que ni siquiera recuerdas en qué momento la perdiste.

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Compruebas como la imagen del espejo no se corresponde con tu última visión, y es que hacía tanto tiempo que no te parabas a mirarte a tí misma, que no te habías dado cuenta como estos últimos once meses te habías transformado.

Tu pelo negro ahora lucía ajado, fino, quebradizo, envejecido y mostraba una amplia gama de grises que acentuaban las arrugas de expresión de su rostro entristecido y que junto con su nueva silueta en la que aquellas curvas que antaño te acompañaban se habían escondido tras pliegues de grasa que habían cubierto su cuerpo, quizás para crear una capa protectora a base de noches de ansiedad en las que las taquicardias, las lamentaciones y la excesiva autocrítica que no te dejaban dormir.

Sientes que no eres capaz de entender cómo habías sido capaz de llegar a esa situación, no logras recordar en qué momento exacto perdiste el control de esa vida organizada, estructurada, y que todos envidiaban.

Con esa sensación de estar contemplando la vida de otro, y gritando a tu yo interior que eso no te había podido pasar a ti, empiezas a pensar en tu otro yo, en ese que te hacía sentir fuerte, segura de ti misma, en esa otra mujer que ahora no eras capaz de reconocer. Ella que había sido capaz de sobreponerse a tantas pruebas difíciles, de lidiar con sus defectos y convertirlos en fortalezas, ahora estaba allí, ante sí misma, desparramada, no solo por los más de 20 kilos que se le habían sumado y con los que no se acostumbraba a convivir, pero contra los que no tenía las suficientes fuerzas para combatir, sino porque su alma se había roto en tantos pedacitos, que difícilmente sería posible recomponerla.

Habían vencido, y ella se había dejado vencer, quizás porque no fue capaz de encontrar ese punto de apoyo necesario para mover el mundo del que hablaba en la antigua Grecia Arquímides. Por más que buscaba a su alrededor, no era capaz de apoyar su mano para levantarse y volver a empezar, porque ya no le quedaban fuerzas, estaba tan vacía, tan rota, que no era capaz de hacer nada más.

Tan solo le quedaba una cosa por hacer, rezar, rezar con todas su fuerzas y pedirle a Dios ayuda en aquel momento en el que todo parecía indicar que no había solución alguna.

 

¿Realmente las familias importan?


¿La familia importa? ¿Las mujeres importamos? Son dos preguntas que me hago en estos días de kilómetros en coche y paseos por las calles de los pueblos de la provincia.

Parece que hablar de familia no está de moda, y que lo importante se centra en la economía, la inmigración, ese manido concepto de género y el protagonismo de algunas regiones díscolas del norte de España.

Creo que no sería mala idea que se repusieran aquellas películas españolas en blanco y negro en las que los valores y la familia eran los protagonistas de la gran y pequeña pantalla.

Esta mañana he estado de tour por Jerez y no he podido evita recordar mi paso por la ya extinta universidad de relaciones laborales frente a la estación y aquella clase de sociología y ese primer tema, la familia, célula básica de nuestra sociedad.

Ha llovido muchísimo desde entonces, pues hablo de 1994, y veo con estupor cómo la profecía de ese profesor se ha hecho realidad, nos estamos cargando el concepto de familia, y lo peor, se están riendo de las mujeres, sí como lo oyen, de las mujeres jóvenes y de las no tan jóvenes, y si no, veáse la PNL que hace unas semanas presentó el PSOE de apoyo a la mujer y entre sus medidas más destacadas se nos presentaba el aborto como un arma de liberación para poder optar a un puesto de trabajo.

¿En serio señores socialistas me están diciendo que para tener un buen puesto de trabajo tengo que abortar o tomar medidas anticonceptivas? ¿Y dónde queda mi derecho a decir SÍ a la vida? ¿Mi derecho a formar una familia? ¿o mi derecho a sentirme mujer por los cuatro costados?

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Mi hija Blanca. Me quedé embarazada cuando mi marido perdió su trabajo. Solo hay que ser valientes y luchar por lo que más se quiere para salir adelante.

Nací mujer, me siento mujer, me convertí en madre y un buen día decidí convertirme en emprendedora, en estos años siempre he contado con la ayuda de mis padres y de mi suegra, y de buenas amigas que cuando ellos no han estado me han echado una mano en poder conciliar, porque por parte de los gobiernos anteriores poca ayuda hemos tenido las mujeres en este país.

Por todo esto afronto con muchísima ilusión esta nueva etapa y me gustaría de todo corazón lograr la confianza de muchas personas que como yo sientan que es necesario defender a las familias de nuestra provincia de Cádiz. ¿Me ayudas a lograr mi sueño?

 

Si el Señor no construye la casa


Dice el Salmo 126 que si el Señor no construye la casa, en vano se esfuerzan los constructores, y con esta lectura me voy a la cama hoy. Pero antes de irme a dormir me gustaría contaros algo el significado de esta frase.

Muchas veces nos afanamos en lograr algo pensando que ahí se encuentra nuestra felicidad o nuestro triunfo, y quizás, la obsesión por lograr esa ilusión, el anhelo de llegar a la meta nos ciega para tener una composición de lugar, una fotografía panorámica que nos muestre las opciones reales de éxito o quizás si la opción elegida es la más adecuada.

Esta mañana he estado en el cementerio, y he ido a visitar la tumba de mi padre, hacía tiempo que no iba, quizás porque no tengo costumbre de visitar con frecuencia el Campo Santo, o quizás, porque le tengo tan presente, que no me hace falta ir al cementerio para recordarle cada día.

Quedan 13 días para la cita con las urnas y mis emociones están a flor de piel: ilusión, miedo, dudas, valentía, felicidad, melancolía.

No se que ocurrirá con esta aprendiz de candidata en un mundo de tiburones y chivos que temen el destete, no se hasta que punto la marca que me respalda y mi perfil personal lograrán convencer a miles de gaditanos el próximo 28 de abril para que tenga la oportunidad de representar a mi provincia en el senado. Pero lo que si tengo claro, es que pase lo que pase, esta experiencia nunca la olvidaré y seguro que saldré reforzada de ella tras mi paso por las urnas.

Ahora toca descansar que es tarde, pero mañana seguiré trabajando duro, luchando por mis ideas y buscando apoyos para poder ser la voz de otros muchos gaditanos que como yo saben lo que es sudar la camiseta para llevar un plato de comida a casa.

Buenas madrugadas.

La historia de Simeón


Simeón era un hombre de pueblo, y tenía una ilusión: Casarse con su novia María.

Eran tiempos difíciles para España, pues todo apuntaba a que podría haber guerra civil. Y así ocurrió, Simeón fue llamado a filas, no se si al bando nacional o al republicano, porque esa parte de esta historia no me la contaron.

Simeón murió en la guerra, y María rota de dolor no volvió a tener novio, se quedó soltera, triste y desolada al haber perdido al amor de su vida.

La historia de Simeón me la contaba mi padre, haciendo un símil con un conocido refrán japonés, que dice que el clavo que más sobresale es el que se lleva más martillazos.

Es lo que tiene cuando das un paso al frente y te expones en público, que siempre hay alguien con derecho a utilizar tu persona para vaciar sus miserias en ti.

Hace unos días una buena amiga y grandísima periodista me dio un consejo, y hoy lo he recordado.

Se avecinan curvas, kilómetros y kilómetros, trabajo en equipo, ilusión y esfuerzo, y sinceramente prefiero ser como Simeón, valiente, que quedarme a ver que pasa.

La más pequeña probabilidad de poder representar a mi provincia en el senado, el simple hecho de pensar en la cara de satisfacción de mis padres, en el esfuerzo diario de mi marido y su apoyo incondicional, en mis hijas que son mi mayor tesoro, me impulsan a que en este momento apueste con empuje, determinación e ilusión por un gran proyecto, por el proyecto que aglutina los valores que desde 2008 llevo defendiendo en este blog, porque yo no defiendo las ideas de VOX, es VOX quién defiende las mías.

Woman carpenter using hammer pushing nail on a wood

 

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