EN LA CUNA (SEGUNDA PARTE)


El domingo llegaron a casa, por fin, todo estaba preparado, todo estaba listo, ÉL, cómo no las acompañaba siempre, nunca las dejaba solas ni siquiera un instante, contrató a los mejores para que las cuidaran, y a la pequeña le puso un cuidador muy especial, mientras estuvieron en el hospital realizó la selección y lo tenía claro, ÉL, sabía siempre lo que necesitaban.

Al entrar en su habitación, ÉL, se puso triste, nada que lo recordara, tampoco estaba su Madre, su Obra más grande, sintió tristeza, y lloró, lloró como un niño pequeño, y pensó, ¿por qué se olvidan de mi?¿acaso no me ven?, lloró tan fuerte que madre e hija se estremecieron, de pronto algo llamó su atención, ese pequeño escapulario que las Hermanas Capuchinas habían preparado. Ella lo miraba con ternura, y dulcemente lo colocó bajo el colchón de la cuna, entonces se acordó, se acordó de su abuela. No hacía mucho había fallecido, y empezó a recordar, cómo les rezaba oraciones, cómo les cantaba nanas, y comenzó a cantar con los ojitos llenos de lágrimas:

A la run, run, run, duermete niño tu

A la run, run, run, duerméte niño tú.

Este niño tan chico, se quiere dormir,

y el pícaro del sueño no quiere venir.

A la run, run, run, duermete niño tú.

Vuela paloma vuela, vuela hasta tu nido

qué este niño chiquito ya se ha dormido.

¡Cuántas veces la había escuchado de boca de su abuela! Se estremeció, un escalofrio la recorrió de la cabeza a los pies, entonces se acordó de su niñez, se acordó de su madre, se acordó de cómo jugaba de pequeña, de sus hermanos, de sus primos, realmente había tenido una infancia muy feliz.

Entre tanto sueño, no se había dado cuenta, el reloj daba las seis campanadas, eran las seis de la tarde, la hora del baño, y recordó:

Jesusito de mi vida,

eres niño cómo yo,

por eso te quiero tanto,

y te doy mi corazón.

Tomalo, tomalo

tuyo es, mío no.

Se alegró al recordarla, ahora ya tenía un gran motivo para volver a rezarla, y es que cómo dice el libro de Proverbios, al hijo de pequeñito el caminito.

Siguió pensando, y recordó la oración de las cuatro esquinitas:

Cuatro esquinitas tiene  mi cama,

cuatro ángeles me la guardan,

dos a los pies, dos a la cabecera,

la Virgen María es mi compañera,

y me dice:

DUERME, REPOSA,

y no tengas miedo de ninguna cosa.

Con Dios me acuesto, con Dios me levanto,

con la Virgen María y el Espíritu Santo.

Había sido emocionante, volver por unos instantes a ser niña otra vez,  recordar cuánto amor recibido que ahora se encontraba en estado de ebullición para ser entregado. Por fin empezaba la mayor y más grande de las aventuras: LA AVENTURA DE SER MADRE.

 

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