EN LA CUNA


EL, esbozó una sonrisa, ahora empezaba a sentirse a gusto en aquél hogar, las cosas poco a poco iban marchando y en tan sólo cuatro días, se le había prestado más atención que en los últimos años, esa pequeña personita, esa niñita diminuta, les había devuelto la sonrisa, pero aún había mucho por hacer, era consciente de que era el comienzo, y que aún las cosas tendrían que fraguar. Pero tenía todo el tiempo del mundo, es más el tiempo era ÉL, quien lo había creado, y disponía de todo el que quisiera.

Mientras, la recién estrenada mamá, poco a poco, iba cogiendo confianza y haciéndose con las riendas de su nuevo rol.

Pasaron días y días, y no hubo uno, en el que no hablaran, su estrecho vínculo se convertía en un fuerte lazo de amor, que se avivaba cómo las llamas en un gran fuego.

Cualquier pequeño avance, se convertía en un gran descubrimiento, en un tesoro valiosísimo por descubrir, que día a día, parecía estar ahí, escondido para ellas, su primera sonrisa, el mantener más tiempo sus pequeños ojitos.

Pero un día todo cambió, la pequeña no se encontraba bien, tenía tan sólo doce días, algo no iba bien, parecía que estaba resfriada, pero no parecía un resfriado normal.

Su tos, esa tos metálica, sonaba cada vez más fuerte, y la niña dejó de comer, no comía, y se atragantaba cuando lo intentaba, el miedo volvió aparecer, y es que, una sombra oscura, apareció sobre su mente, tan sólo un año y medio antes, había perdido a su primera hija, ese acontecimiento le hizo perder totalmente la fé, enfadarse con su PADRE.

Lo presentía, algo no iba bien, visitó a la pediatra de turno, no le dieron importancia, un simple catarro dijeron, pero su instinto de madre, le decía no te fies, esto no es un simple catarro. Dos días más tarde, el aspecto de su bebé era débil, enfermo. ´

Al llegar la noche, la bebé no paraba de toser, y ocurrió lo peor, un fuerte ataque de tos, provocó que la bebita dejara de respirar, el pánico apareció, la niña había muerto, ese fue un momento espantoso, horrible, trágico, y que aún le deja un gran escalofrío al recordarlo. Salió corriendo al hospital, allí la atendieron con presura, el pronóstico: muy grave, había que ver la evolución.

En ese momento, quería rezar, quería hablar con su PADRE, pero sin embargo no podía, la rabia, la ira, se apoderaron de su corazón, en año y medio había perdido una hija, y ahora tenía otra debatiéndose entre la vida y la muerte.

Tras veinte días en la UCI, la bebé recibió el alta, y volvieron a casa, pero la niña no estaba bien, su aspecto era muy desmejorado, y estaba muy débil.

Llegaron a casa, su estado de ánimo era aún más débil que la salud de su hija. Nada importaba, ni sus recuerdos, ni la presencia de su PADRE, luchó con todas sus fuerzas, ahora la situación era un reto, era el típico reto que se nos hace inacabable, no veía la  luz al fin del camino.

Dos semanas después, la bebita no parecía mejorar, seguía igual, esa maldita tos metálica no parecía remitir, los médicos insistían que era normal, pero otra vez, esa maldita sensación de que algo malo iba a volver a pasar, hasta que volvió a ocurrir, la niña tuvo que volver a ser ingresada, y otra vez fueron veinte días de internamiento hospitalario. Veinte días que vividos parecían veinte largos meses, otra vez ese túnel oscuro, sin luz, que aterraría al más valiente, al más fuerte.

Por fin, salieron del hospital, y volvieron a casa. Aquella tarde, los familiares fueron a visitarla, estaban ilusionados, porque parecía que la pequeña bebé por fin saldría  adelante, entonces surgió la conversación:

– Aún no la habéis bautizado, ¿a qué esperáis?

– A tener algo de dinero, para celebrarlo, contestaron.

– No creo que ese sea un motivo de peso, para bautizar a la niña no hace falta dinero, hace falta querer y creer, y estar convencio, o ¿acaso ya no te acuerdas de cómo te hemos educado?¿tan pronto lo has olvidado? Con Fé la Cruz se lleva mejor.

– Si eso tu que venías para monja, le contestó. Pero yo, a mi Dios no me quiere, si me quisiera no me hubiera arrebatado a una hija, y no me hubiera hecho pasar por todo lo que estoy pasando.

– Siempre que se mira hacia atrás hay alguien peor, no seas así le dijo.

– Si, mal de muchos…., le replicó.

Las miradas eran distantes, y un tenso silencio apareció, se despidieron fríamente.

Aquella noche, no podía dormir, se sentía indignada, ¡Cuánta lástima en su interior! Se sentía sola, incomprendida, ni tan siquiera su madre la entendía, con lo mal que lo estaba pasando, ella…, esperaba que me consolara y va y me  echa la bronca, que se habrá creído, claro cómo ella no ha tenido nunca un hijo prematuro, que sabrá.

Otra voz le decía, di que si, eres una pobre desgraciada, si es que no te entiende nadie, pero algo, en el fondo, tan en el fondo que casi ni se escuchaba, se esforzaba por hacerla entrar en razón, ¿la voz de la conciencia? Tal vez. ¿Su ángel de la guarda? A lo mejor, un buen amigo al que le encanta hablar de Belenes y contar cuentos, siempre decía que algunos ángeles de la guarda son ignorados durante toda la vida del protegido.

Se durmió, dentro de lo que se puede dormir cuando el celo materno y el pánico no te dejan hacerlo, pero consiguió cabecear el sueño.

Por fin, llegó la luz, el sol estaba fuera, era un precioso día, se acercó a la cuna, su hija dormía plácidamente, y se fue hacia la cocina a preparar el biberón, el pediatra había prescrito lactancia artificial especial para ayudar a la bebé a superar más rápido el gran bache que había sufrido, preparó el biberón, y fue hacia el dormitorio. Tomó a la niña en sus brazos y se dispuso a cambiarla, era un pequeño truquillo que las auxiliares del hospital le habían enseñado para espabilar a la pequeña, al abrir la caja de toallitas…..

CONTINUARÁ

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