¿NOS OCUPAMOS REALMENTE DE NUESTROS HIJOS?


Leo hoy en la Voz Digital un artículo que habla sobre adolescentes y sus padres. Tengo una hija de casi once años, ya que los cumplirá el próximo 3 de junio, así que creo que en breve seré madre de una hija adolescente, de hecho muchos psicólogos hablan ya de preadolescencia, para denominar ese perido de 9-12 años. El articulo en sí es escalofriante, pues el 57% de los padres encuestados reconoce no castigar a sus hijos, algo bastante serio. Por otra parte el periódico pone de manifiesto que es nuestros jóvenes dedican menos de una hora al estudio y entre tres y cuatro horas a internet o a ver la televisión.

De todo esto podemos sacar como conclusión que tenemos hijos abducidos por las pantallas con padres con falta de autoridad, al menos esa es la primera impresión que cualquier lector puede sacar al leer dicho artículo.

Mucho se habla de la violencia en las aulas, de la falta de respeto a los docentes, del bajo nivel académico de los alumnos, sobre todo en Andalucía, y yo añadiría de la poca implicación de los padres. Nos preocupa mucho nuestro trabajo, sobre todo ahora, en tiempos de crisis, no nos podemos permitir el lujo de perderlo, nos preocupa tener una excelente relación de pareja, casi de película de Hollywood, pero ¿hasta que punto nos importan nuestros hijos?

¿Cuánto tiempo a la semana les dedicamos?¿Sabemos cuáles son sus problemas?¿Conocemos realmente a nuestros hijos?¿Les demostramos correctamente que les queremos o bien nos dejamos llevar por la cultura del te compro para no sentirme culpable?

Con todo esto habría que reflexionar largo y tendido, ¿qué esperamos de nuestros hijos?¿Qué futuro queremos para ellos?¿Somos realistas?¿Estamos preparando a los jóvenes del mañana correctamente?

Seguramente, si muchos de nosotros tuviera que someterse a este examen, muchos suspenderíamos, y nos encontraríamos con la sorpresa de que ni tan siquiera sabemos que color les gusta, o que tipo de ropa o música prefieren. Esa es la realidad, los jóvenes en muchas ocasiones son simples ‘okupas’ en sus casas donde encuentran provisión de víveres, ropa limpia y algún dinerillo para salir a la calle con amigos y amigas. Y así siguen años y años, y nos encontramos con ‘jóvenes de treinta y tantos’ que aún tienen conductas adolescentes y carentes de madurez para afrontar la verdadera vida adulta. Esa que sin quererlo les hemos ocultado, ofreciéndoles tan solo el lado bueno de la historia y no contándoles los sinsabores que la vida real, la de día a día, la de personas normales pueden traerles. Así les estamos mostrando una falsa realidad donde el problema no existe porque mamá o papá lo soluciona y así en vez de ayudarles les estamos causando un gran mal.

Atrás quedó el hacer fuertes a los hijos, el que con el estudio se sube de escalón social, el que suspender es una vergüenza y que encima esforzarse al máximo ya no es de responsables y valientes, sino que es de tontos. Esta nueva generación de la cuna a la cama tiene un futuro negro por delante si no ponemos la adecuada solución esa es la realidad de esta historia, de esta vida que muchos han decidido elegir.

Esta crisis la ha provocado la comodidad, la holgazanería que se ha apropiado de todos nosotros en la que los agentes dinamizadores nos han metido la envidia en la cabeza y han enfrentado al médico con el obrero, al currante con el universitario, ¿porqué no puedo yo ganar lo mismo que aquél? Obviando el esfuerzo que ese otro ha tenido que hacer para llegar al punto del camino que ha conseguido, y aplicando la ley del porque yo lo valgo nos ha llevado a creernos los reyes del mambo.

Pero la realidad es otra, y por desgracia no es una realidad feliz, fracaso escolar, embarazos no deseados, drogas, alcohol y sexo sin control es la onda que rodea a nuestros jóvenes que están mucho menos preparados que nunca para afrontar la verdadera realidad, esa que te hace poner los pies en el suelo, y claro después vienen las depresiones, las fustraciones y  por desgracia los suicidios, y mucho de esto se podría haber evitado.

Nosotros como padres, podríamos haberlo hecho, poniendo de nuestra parte, dedicándoles tiempo, disfrutando de ellos. Nuestros hijos no son un estorbo, nuestros hijos son nuestra mayor empresa, el trabajo de mayor responsabilidad, nuestra misión más importante, hay que darlo todo, para que el barco una vez que salga del astillero del hogar no naufrague y si sufre alguna avería o se extravia sepa encontrar el rumbo marcado.

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