La heroína del pañuelo rosa


Las ganas de vivir y la fe algo muy importante para combatir la enfermedad. Julio 2011.

Esta noche al llegar al gimnasio todas las máquinas tenían pegados unos folios con un lazo rosa para rendir homenaje al Día Internacional del Cáncer de Mama que tendrá lugar el próximo 19 de octubre.

Hoy ha sido uno de esos días en los que he acudido a desahogar mi ira y genio en las máquinas, debido a que muchas veces me pierde la impaciencia y la negatividad. Cuando he visto esos papeles llenos de moñitos de color rosa, con consejos, y otros pidiéndonos que entrenáramos con el color rosa en homenaje a todas esas mujeres que lo padecen, no he podido evitar sentir rabia, coraje e indignación y no  porque la medida me parezca mala, al contrario es un gesto loable el recordar a esas mujeres que luchan día a día por superar esa dura enfermedad, sino porque me he acordado de mi madre, de todos los malos ratos que lleva pasados, de tanto sufrimiento, de tantos tratamientos, de sus noches sin dormir, de sus miedos, y de su forma de llevar la enfermedad, y he pensado: “Una mujer así no se merece cargar con tanto sufrimiento, una mujer así se merece vivir y se merece que ese malvado demonio la deje en paz o le de una tregua para que pueda ser feliz y vivir tranquila, aunque me consta que ella ha aprendido a ser feliz en su enfermedad, pero al volver la vista atrás no puedo evitar sentir rabia, mucha rabia.

Se que esto no es de cristianos, que de un cristiano se espera aceptación, se espera que tenga Fé, y se espera que confíe en Dios, y eso hago al menos la mayoría de las veces, pero hay días como este que me rebelo ante esta dura situación.

Supongo que si fuéramos a un hospital y escucháramos a las pacientes que diariamente acuden a su lucha contra el mal del Siglo XXI seguro que muchas nos pondrían los pelos de punta, pero he de deciros que la de mi madre es una historia para ser tenida en cuenta. Todo un ejemplo a seguir y que igual puede ayudar a mucha gente que encuentre este post por la nube.

A finales de mayo de 2001, le detectaron un bulto en el pecho sospechoso de ser algo malo, recuerdo el primer cumpleaños de mi hija Ana el 3 de junio, y la angustia de pensar que igual mi madre tenía cáncer, ¡¡Que palabra tan grande cuando alguien tuyo es diagnosticado! Y se confirmaron nuestros miedos el 15 de junio, 12 días después de haber estado celebrando el cumpleaños de mi hija Ana, volviamos a estar juntos pero esta vez en el hospital y muy asustados por el camino que la persona que me dio la vida tendría que empezar a recoger. Tras perder el seno izquierdo y el paquete ganglionar, comenzaron los ciclos de quimioterapia y llego el momento de la caída del pelo, quizás una de las pocas veces en la que he visto llorar a mi madre como una niña, pero tras muchas fatigas, bajadas de defensas, llagas, alteraciones tensionales, y descompensaciones, el maldito enemigo retrocedió y nos otorgó siete años de tregua, siete años en los que cada vez que tocaba revisión nos poníamos a rezar como el estudiante que no está seguro de haber hecho bien un examen, y una gran alegría al poder comprobar que todo seguía bien, sin novedades en el frente.

No puedo olvidar decir que durante esos siete años, mi madre compatibilizó su vida con el cuidado de mi abuelo Quiqui (su suegro) y mi abuela Ana (su madre) hasta el día de sus muertes. Pero tres meses después de nacer Blanca, volvíamos a sufrir una mala noticia, una metástasis había aparecido en la zona dañada, estaba encapsulado, con buen pronóstico y el mecanismo de la medicina se ponía en marcha, recuerdo el PET en Málaga y a mi padre llorando como un niño pequeño pensando en que podría perder a la mujer de sus sueños, a su esposa, a su amiga, a su compañera, a la madre de sus hijos. Recuerdo el hotel a las afueras de Málaga y el paseo que nos dimos como si tal cosa en esa Semana Santa de 2008, meses antes de comenzar a escribir en este blog. Parece que mi abuela Ana no quiso ver ya tanto sufrimiento y su vida se apagó en junio de ese año, tras casi seis años de convalecencia en cama.

La situación cada vez era más cuesta arriba, mi madre de nuevo enferma, y mi abuelo con 93 años, temores, remordimientos, dudas asaltaron a mi madre en esos duros momentos en los que se sentía culpable de no poder hacer más por su padre que se había quedado solo, a pesar de la radioterapia, siguió cuidando de mi abuelo, y cuidando de todos, incluido de mi hija Blanca. Y así estuvimos otra vez de tregua pero esta era peor que la anterior, sabíamos que mamá llevaba una bomba de relojería en su interior bloqueada gracias a los tratamientos pero que en cualquier momento podía ponerse en marcha, y sucedió, por desgracia sucedió y otra vez en Semana Santa pero en la de este año.

Fue duro recibir por tercera vez que el bicho se había puesto en movimiento, pero más duro fue verla con la carita llenita de miedo, temiendo irse a otro mundo sin haber dejado aquí todas las cosas resueltas, miedo por tener malas opiniones y pronósticos hasta que apareció un ángel, al que por mi tozudez, al principio no supe ver. El Dr. Antonio Álvarez Kindelan, fue el valiente que se atrevió a operarla y hacerle una toracotomía muy complicada, pues el tumor se encontraba ya pegado a la vena cava e invadiendo el pericardio. Complicaciones, dudas y mucho miedo fueron los ingredientes que el mes de la Virgen, el de mayo, tuvo para nuestra familia, viendo como parecía que no iba a ser capaz de salir adelante, pero lo hizo, viendo como todo estaba en su contra, pero a la vez viendo como su Fé la levantaba y la ayudaba a vencer su batalla diaria por su supervivencia.

Por eso, cuando hoy he visto lo del Día Internacional del Cáncer de Mama, he sentido dolor, mucho dolor porque tengo una herida abierta en mí que es el sufrimiento de mi madre, pero después he sentido orgullo de tener el ejemplo de alguien así tan cerca de mí, y he pensado en cuántos y cuántas se han ido por esta maldita enfermedad, en todas las mujeres que ahora mismo están luchando para combatirla, y en todas aquellas que ya no están con nosotros.

 

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