Un 23 de febrero


En Cumbres Mayores visitando a su Virgen de la Esperanza

Un 23 de febrero nacía alguien muy especial para mí, mi abuelo Manolo, el padre de mi madre y padrino de bautismo.

El pasado 5 de noviembre nos dejaba para siempre y este año será el primero de muchos que no podré darle un beso y felicitarle, algo que me da mucha pena, pues lo añoro y lo echo mucho de menos.

Mi abuelo se marchó casi sin molestar, en silencio, pero dejando una gran huella en todos y cada uno de nosotros. Natural de Cumbres Mayores, la mejor comarca del jamón, era un hombre fuerte, con un carácter que a veces rozaba la rudeza, pero es que la gente de aquellos años, los que vivieron la República, la Guerra Civil, la Transición, la Democracia  de Suárez, el PSOE, el PP, y Zp que es un espécimen a parte, estaba acostumbrada a luchar, y a plantar cara a la vida.

Una auténtica memoria histórica la de mi abuelo, que para nada contaba lo que de unos años para acá nos quieren hacer creer. Recuerdo sus últimos meses en la residencia de ancianos, el sufrimiento de mi madre que sin poder y llena de dolores acudía a diario a verlo con la conciencia culpándola de la situación en la que su  enfermedad la había metido, quería cuidarlo y no podía, quizás ella esperaba otro apoyo, alguna mano que apostara por evitar que se fuera a esa casa ajena, en la que pronto vimos el cariño, la disposición y la profesionalidad de todos y cada uno de sus miembros, pero a pesar de todo seguía sin convencer y paliar la pena que mi madre llevaba en su corazón.

Recuerdo la operación de mi madre y el engaño que le contó mi tío Angelín, piadosamente claro, y es que tuvo a mi madre 48 días de ejercicios espirituales y claro el pobre sabía presentía que algo no iba bien, hasta que se enteró.

Parece que esperó a marcharse a ver a mi madre un poco más recuperada, fue su bálsamo a tanto sufrimiento de una hija que no podía hacer más.

Hoy será la primera vez que no pueda dar un beso a mi abuelo, la primera vez en casi 40 años, 39 para ser exactos, y me duele el corazón, se que allí está bien y que cumplió y fue un hombre ejemplar, incansable e incombustible trabajador, defensor aférrimo de la familia y con un genio característico y un humor que muchas veces incluso nosotros que lo queríamos y adorabamos no entendíamos, y es que a veces era como el reloj de Pamplona, aunque después se le pasara.

La Chiquenina (que era como llamaba a mi hija Ana), su guapísima nieta Lucía y su ahijada la Minuita (que es como llamaba a mi hija pequeña Blanquita), tu nieta Ana y tu “nieto” Antonio porque siempre te quiso como el abuelo que el no pudo disfrutar te mandan un gran abrazo y un ramo de besos al cielo, al que seguro se unirá también alguien que también te ha querido con locura tu nieta la Rubita, la chiclanera la que no quería comer de nada y sofocaba a abuela Ana en los almuerzos, y también todos los demás, Gerardo, Marichón, Manolo, Manolito, y Cuco.

TE QUEREMOS MUCHÍSIMO ABUELO Y SIEMPRE ESTARÁS EN NUESTRO RECUERDO, EN NUESTRO CORAZÓN EN NUESTRA VIDA. ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

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3 comentarios en “Un 23 de febrero

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