El pecado de ella


maría magdalena

Una mujer cualquiera, una mañana de verano cualquiera, paseaba por la calle principal de un pueblo cualquiera en el sur de España. No importa su nombre, ni el pueblo, tan solo importa su historia.

Se consideraba atea, y esa mañana algo extraño le sucedió. Las campanas repicaban misa, y sintió un impulso de entrar al templo. En el confesionario estaba un sacerdote, era un hombre de mediana edad, corpulento.

Se le acercó, y le dijo: -Padre, ¿podría confesar?

-Claro hija mía-, respondió el sacerdote.

-Pero me va a tener que ayudar, hace mucho que no me confieso-, le respondió la mujer.

-Ven y siéntate-, susurró.

Ella se sentó, y se presentó, entonces el sacerdote le preguntó: -¿Cuánto tiempo hace que no te confiesas hija mía?

Ella le respondió: -Desde que hice mi primera comunión-.

Su vida no había sido fácil, había cometido tantísimos errores que sentía que Dios no la podría perdonar, y así se lo hizo saber al sacerdote. 

El sacerdote le respondió: Hija, no te lo creerás, pero para mi tu hoy eres una bendición. Dios nos perdona, y el hecho de que estés aquí y quieras confesar tus pecados, dice que estás en el buen camino. Vamos a ver, ¿Cuál ha sido tu pecado más grave? 

Ella respondió, padre he matado.

El silencio se hizo, y el sacerdote le pregunto. ¿Has matado?

Si padre, he matado. Hace cuatro años aborté, mi situación familiar era muy complicada, tenía ya dos hijos y una amiga me animó a hacerlo porque yo ya no debía de tener más en mi situación. Y no me lo puedo quitar de la cabeza.

Después, siguió hablando de sus desventuras y sus aventuras, hasta que acabó, y el sacerdote le dio la absolución. Se fue de la Iglesia, iba feliz, en paz y se sentía nueva.

Este testimonio, que aquí he contado, es real, tan real como la vida misma, y lo viven muchísimas mujeres en este país, a las que se les ha vendido el aborto como la única salida a sus problemas, pero por mucho que nos intenten convencer de lo contrario, abortar es matar a una persona indefensa, es aniquilar a un bebé, y eso pasa factura.

Hace algún tiempo, un activista provida, me decía que yo hablaba poco en las redes, que compartía poco en las redes los temas PROVIDA, y es que hace tiempo que decidí ayudar de otra forma. Hacerlo en silencio, desde la caridad hacia esas personas que cometieron el que probablemente fuera el peor error de su vida, y seguro que la mayoría de ellas se han arrepentido, al igual que esta mujer de mi historia de hoy, a lo largo de su vida. 

Abortar nunca es la solución, hay otros caminos, sobre todo si se tiene a Dios consigo, porque el se encarga de cuidarnos cuando a nosotros nos faltan las fuerzas.

Pero claro, para los gobiernos sale más barato un aborto que subsidios y pensiones para ayudar a las mujeres y familias monoparentales, el maldito dinero que siempre, siempre pretende hacer su santa voluntad.

Desde mi humilde punto de vista, a veces la lucha provida está mal enfocada, no se trata de luchar mujer contra mujer de quién tiene mejor conciencia. El aborto no es algo de mujeres buenas y mujeres malas. El aborto es mucho más, no es una solución, sino un nuevo problema para esa madre que anda perdida, pero no por eso debemos criticar, ni despreciar a esas mujeres que en un momento dado tomaron esa elección. Hay que ayudar, hay que ser solidarios, y hay que formar y hacer entender que abortar es matar a una persona que no se puede defender.

 

 

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